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México, el último de los países mágicos

July 10, 2012

Vagué por México, corrí por todas sus costas, sus altos acantilados, incendiados por un perpetuo relámpago fosfórico. Desde Topolobambo bajé por esos nombres hemisféricos, ásperos nombres que los dioses dejaron de herencia a México cuando en su territorio entraron a mandar los hombres, menos crueles que los dioses.

Anduve por todas esas sílabas de misterio y esplendor, por esos sonidos aurorales. Sonora y Yucatán, Anáhuac, que se levanta como un brasero frío donde llegan todos los confusos aromas desde Nayarit a Michoacán, desde donde se percibe el humo de la pequeña isla de Janitzio y el azufre del nuevo volcán del Paricutín juntándose en la humedad fragante de los pescados del lago de Pátzcuaro.

México, el último de los países mágicos, mágico de antigüedad y de historia, mágico de cultura y geografía. Valles abruptos atajados por inmensas paredes de roca, de cuando en cuando se ven colinas elevadas recortadas al ras como por un cuchillo, inmensas selvas tropicales fervientes de madera y de serpientes, de pájaros y de leyendas.

Y no hay en América, ni tal vez en el planeta, país de mayor profundidad humana que México y su gente. A través de sus aciertos luminosos, como a través de sus gigantescos errores, se ve la misma cadena de grandiosidad generosidad, de vitalidad profunda, de palpitante historia de germinación inagotable.

Pablo Neruda